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La Creación

Sobre un oratorio convertido en biblioteca, los murales de Vladi y la naturaleza de todo acto creativo: construir por capas, aceptar que otros continuarán la obra y comprender que aquello que ayudamos a traer al mundo está destinado a convertirse en sí mismo.

La Creación

Para Lucio

El día que te sostuve por primera vez en mis brazos, supe que crear no era construir cosas, sino algo mucho más profundo.

Comprendí que la creación más importante no nace de las manos, sino de la responsabilidad. No consiste en dar forma a una idea, sino en acompañar una vida que, desde muy pequeña, demostró tener alma, visión y sueños propios.

La persona que soy hoy existe, en gran parte, por ti. La versión de mí que constantemente crece, que intenta entender el mundo y que busca ser mejor cada día.

Porque al observarte descubrí preguntas que nunca me había hecho. Preguntas sobre el origen, el tiempo, la belleza, sobre quién soy y sobre el extraño milagro de que algo nuevo pueda surgir de aquello que ya existía.

No hay palabras para describir el amor, la admiración y el profundo respeto que siento hacia ti.

Solo me queda decirte lo mismo que Séneca deseaba a quienes apreciaba: ten salud.

Porque quien tiene salud puede perseguir sus sueños, construir su camino y descubrir por sí mismo la inmensa maravilla de estar vivo.


La Obra

El fin de semana pasado caminaba por las calles del centro de la ciudad acompañado de mis compañeros habituales, aquellos que suelen acompañarme en mis actividades favoritas, esos pequeños espacios donde puedo tomar aire, observar el mundo y recordar que todavía sigo aprendiendo.

Durante años pasé frente a una iglesia antigua. Siempre me pareció hermosa. Su fachada era imponente, cargada de detalles y ornamentos. Sin embargo, también sabía que su verdadera belleza se encontraba detrás de aquellos muros.

La primera vez que entré comprendí que el edificio ya no era únicamente lo que había sido concebido para ser.

Aquello que nació como el Oratorio de San Felipe Neri se había transformado en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada. Sus muros, antes destinados a un propósito religioso, fueron intervenidos por Vladimir Kibalchich Rusakov, mejor conocido como Vladi. El resultado es difícil de describir. Uno entra esperando encontrar una biblioteca y termina entrando en una conversación entre la arquitectura, la historia y la pintura.

Las paredes parecen ignorar los límites físicos del edificio. Los murales se expanden, rodean al visitante y juegan con las superficies hasta hacer difícil distinguir dónde termina la construcción y dónde comienza la obra. Todo parece formar parte de una misma creación.

Mientras caminaba entre los estantes y observaba los murales, pensé en algo que jamás había asociado con aquel lugar.

Pensé en la creación.

Cuando creamos algo solemos imaginar un propósito específico. Diseñamos una herramienta, escribimos un libro, construimos un edificio, educamos a un hijo o desarrollamos una idea con una intención concreta. Creemos conocer su destino porque conocemos su origen.

Sin embargo, el tiempo rara vez respeta los planes de los creadores.

Las personas llegan después. Habitan la obra. La reinterpretan. Construyen sobre ella. Le añaden significado. Descubren usos que jamás fueron imaginados. Poco a poco la creación deja de pertenecernos para convertirse en algo más grande que nosotros mismos.

Quizá esa sea la forma más auténtica de trascender.

No había terminado de ordenar estas ideas cuando encontré una entrevista de Vladi hablando sobre su técnica. Explicaba que sus pinturas estaban construidas con decenas de capas. Hablaba de la luz, de los barnices, de los aceites y de cómo los grandes pintores buscaban convertir el color en algo parecido a una gema.

Una frase llamó particularmente mi atención.

Decía que aquello que la naturaleza tarda millones de años en producir —un diamante— el pintor intenta lograrlo en unas cuantas sesiones de trabajo.

La idea me pareció profundamente familiar.

No porque la pintura tenga relación con la arquitectura.

Ni porque la arquitectura tenga relación con la literatura.

Ni porque la literatura tenga relación con la programación.

Sino porque todos los procesos creativos comparten una misma naturaleza.

Todos consisten en superponer capas.

Capas de conocimiento. Capas de experiencia. Capas de errores. Capas de correcciones. Capas de tiempo.

Lo que un día fue un oratorio se convirtió en biblioteca.

Lo que un día fue piedra se convirtió en arte.

Lo que un día fue una visión individual terminó siendo una experiencia colectiva.

La creación humana parece funcionar siempre de la misma manera. Construimos algo y el tiempo añade nuevas capas. Otras personas añaden nuevas capas. La historia añade nuevas capas.

Y, al final, la obra termina siendo mucho más que la intención original de quien la inició.

Quizá por eso aquel lugar me impresionó tanto.

Porque sus muros cuentan varias historias al mismo tiempo.

La de quienes lo construyeron.

La de quienes lo transformaron.

La de quienes todavía lo visitan.

Y porque, de alguna forma, nos recuerda que crear nunca ha significado únicamente dar origen a algo.

Crear también significa aceptar que otros continuarán la obra después de nosotros.


La Belleza

Hay una razón por la que siempre vuelvo a pensar en la creación.

Porque crear algo no consiste únicamente en darle origen.

Consiste también en aceptar que algún día dejará de pertenecernos.

Pienso entonces en Víctor Frankenstein.

Quizá su tragedia no fue haber creado vida.

Quizá su tragedia fue no haber comprendido la naturaleza de su propia creación.

Vio a la criatura como una extensión de sí mismo. Como una obra que debía responder a sus expectativas, reflejar sus deseos y obedecer la imagen que había imaginado para ella.

Nunca logró verla por lo que realmente era.

Una creación única.

Un ser irrepetible.

Algo destinado a crecer a su propio ritmo y a encontrar su propio significado.

Tal vez esa es la lección que comparten todas las grandes obras humanas.

Los edificios cambian.

Las pinturas adquieren nuevas lecturas.

Los libros encuentran lectores que sus autores jamás imaginaron.

Y las personas que ayudamos a formar terminan convirtiéndose en algo mucho más grande que nuestras expectativas.

Porque la belleza nunca ha estado en la perfección.

La belleza está en la singularidad.

En aquello que no puede repetirse.

En aquello que existe una sola vez en toda la historia del universo.

Si Víctor hubiera comprendido eso, Frankenstein no sería una tragedia.

Sería una epopeya sobre el acto más profundo de creación que existe:

Aceptar que aquello que ayudamos a traer al mundo no está destinado a parecérsenos.

Está destinado a convertirse en sí mismo.