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La IA y la Era de los Nuevos Iluminados — Parte III

Parte III de la serie para desmitificar la Inteligencia Artificial: caminar por una Ciudad de México que reemplazó su identidad por la repetición, y descubrir que lo mismo le está ocurriendo a Internet. Sobre la basura digital, el costo desaparecido de producir y una nueva forma de analfabetismo.

La IA y la Era de los Nuevos Iluminados — Parte III

Desmitificando la Inteligencia Artificial — Parte III

La Era de la Basura Digital

Una de mis actividades favoritas siempre ha sido caminar por la Ciudad de México, más ahora que estoy a punto de comenzar una nueva etapa lejos de ella. Espero que sea una vida más tranquila, quizá más humana, aunque eso no signifique abandonar el mundo de la tecnología. Nunca he sentido desprecio por la ciudad en la que crecí; sería una mentira decir que no la amé. La Ciudad de México tiene una esencia difícil de explicar y, durante muchos años, recorrer sus calles fue una forma de descubrirla.

Me gustaba perderme entre el Centro Histórico, la Juárez, la San Rafael, la Roma o la Zona Rosa. Pasar horas en sus bibliotecas, entrar a un museo sin planearlo, descubrir un restaurante escondido o encontrar un libro específico en una librería que solo existía ahí. Cada barrio tenía personalidad. Había negocios con décadas de historia, cafeterías irrepetibles, puestos callejeros que todos conocían por su nombre y pequeños comercios que obligaban a cruzar media ciudad porque simplemente no existían en otro lugar.

Incluso los centros comerciales eran distintos entre sí. Había pocos, y precisamente por eso cada uno conservaba cierta identidad. Las cadenas de cines competían ofreciendo experiencias diferentes, las librerías tenían selecciones particulares y cada zona parecía construir una parte distinta de la ciudad. Caminar no era únicamente desplazarse; era descubrir.

Con el tiempo esa sensación comenzó a desaparecer.

No ocurrió de un día para otro. Fue un cambio lento, casi imperceptible, como suelen ocurrir las transformaciones más profundas. Muchas casas antiguas fueron demolidas para construir edificios de departamentos que podrían existir en cualquier parte del mundo. Espacios públicos desaparecieron para dar lugar a nuevos centros comerciales. Las pequeñas farmacias dieron paso a cadenas nacionales. Los restaurantes comenzaron a repetirse una y otra vez. Las mismas cafeterías ocuparon esquina tras esquina. Los mismos escaparates. Las mismas tiendas. Las mismas experiencias.

No digo que esos lugares sean malos. Muchos funcionan extraordinariamente bien. El problema es otro.

Cuando todo comienza a parecerse, la ciudad pierde parte de aquello que la hacía digna de ser recorrida.

Los nuevos edificios suelen ser más altos, más eficientes y más rentables, pero pocas veces tienen carácter. Los nuevos centros comerciales son enormes, aunque basta recorrer algunos para sentir que ya los hemos visitado todos. Paradójicamente, muchos de esos departamentos jamás serán habitados por sus precios desproporcionados y muchos de esos centros comerciales terminarán llenos de locales vacíos. Ocupan espacio, consumen recursos y sustituyen lugares que alguna vez tuvieron identidad.

Poco a poco comprendí que aquello tenía un nombre.

Basura.

No porque sea inútil por definición, sino porque ocupa un espacio mucho mayor del valor que realmente aporta.

Te cuento todo esto, lector, no porque quiera convertir este blog en un diario personal ni porque se hayan agotado las ideas para esta serie sobre Inteligencia Artificial. Al contrario. Necesitaba esta introducción porque, mientras caminaba por la ciudad, comprendí que el mismo fenómeno está ocurriendo en Internet.

La Inteligencia Artificial, como hemos visto en los ensayos anteriores, representa uno de los avances tecnológicos más importantes de nuestra época. También creo que, en manos de alguien que domina un oficio, puede convertirse en una herramienta extraordinaria. No ha dejado de sorprenderme su capacidad para ejecutar tareas repetitivas, organizar información o acelerar procesos que antes consumían horas de trabajo.

El problema nunca ha sido la herramienta.

El problema comienza cuando desaparece el costo de producir.

Hoy las empresas y muchos individuos viven convencidos de que cualquiera puede convertirse en experto en cualquier tema con solo utilizar el modelo adecuado. No hablo de obtener un título universitario; hablo de estudiar durante años una disciplina, de equivocarse, de practicar, de construir criterio. Sin embargo, abundan personas que publican libros que nunca escribirían sin IA, ofrecen conferencias sobre temas que jamás han investigado y producen cursos, documentos o artículos cuya única virtud consiste en haber sido generados con rapidez.

El resultado es una ilusión de conocimiento.

Y toda ilusión necesita producir algo para sostenerse.

Entonces aparecen documentos de cuarenta páginas cuando la idea cabía perfectamente en tres. Presentaciones interminables llenas de diagramas que nadie entiende. Manuales tan extensos que sus propios autores prefieren pedirle a otra Inteligencia Artificial que los resuma. Sitios web prácticamente idénticos entre sí, diferenciados apenas por una paleta de colores. Blogs que repiten exactamente las mismas ideas con palabras distintas. Videos, newsletters, ebooks y publicaciones que nacen para ser olvidados pocas horas después.

Eso, para mí, es basura digital.

No porque esté mal escrita.

No porque la haya generado una IA.

Sino porque ocupa un espacio infinitamente mayor al valor que aporta.

Estamos cambiando de era y, con ella, también está cambiando el significado del analfabetismo. Ya no creo que un analfabeta moderno sea únicamente quien no sabe leer o escribir. Creo que también puede ser quien ha dejado de construir criterio. Quien produce contenido que jamás leería. Quien publica documentos que ni siquiera comprende por completo. Quien delega el pensamiento, luego delega la lectura y finalmente delega la comprensión a otra Inteligencia Artificial.

Es un juego extraño.

Una persona utiliza una IA para escribir un documento que no entiende. Otra utiliza una IA distinta para resumirlo porque tampoco quiere leerlo. Al final nadie sabe exactamente qué se dijo, pero todos sienten que el trabajo quedó terminado. Es una versión moderna del teléfono descompuesto donde ya ni siquiera participan personas; solo modelos intercambiando texto mientras nosotros asumimos que alguien, en algún punto del proceso, estuvo pensando.

Y quizá ese sea el verdadero riesgo.

No que la Inteligencia Artificial genere basura.

La IA hace exactamente aquello para lo que fue diseñada.

Somos nosotros quienes decidimos llenar Internet con contenido olvidable, las ciudades con edificios sin identidad y nuestro trabajo con documentos que nadie necesitaba escribir.

Hace unos días terminé uno de mis recorridos por la Ciudad de México con una sensación difícil de describir. No era nostalgia. Tampoco tristeza. Era la impresión de haber caminado mucho y descubierto muy poco.

Después entendí por qué.

Cuando una ciudad reemplaza su identidad por la repetición, deja de invitarnos a explorar.

Y quizá eso mismo está ocurriendo con Internet.

Nunca antes habíamos producido tanto conocimiento aparente.

Nunca antes habíamos ocupado tanto espacio.

Y, sin embargo, cada vez encuentro menos cosas que realmente valga la pena recordar.