La IA y la Era de los Nuevos Iluminados — Parte IV
Parte IV de la serie para desmitificar la Inteligencia Artificial: la caída de la Edad del Bronce como espejo de una economía global frágil.

Desmitificando la Inteligencia Artificial — Parte IV
La IA y el fin de la Edad del Bronce
Uno de mis gustos más grandes siempre ha sido el cine.
Así que cuando me enteré de que Christopher Nolan llevaría La Odisea al cine, supe que no podía perdérmela.
Leí La Odisea cuando era niño y, como probablemente le pasa a muchos cuando se acercan por primera vez a Homero, mi atención estaba completamente puesta en la fantasía: cíclopes, dioses, monstruos, sirenas, héroes y viajes imposibles.
Pero volver a pensar en ella siendo adulto despertó otra de mis obsesiones: mi insaciable curiosidad.
Esta vez hubo algo diferente que llamó mi atención.
¿Cómo era realmente el mundo en el que una historia como La Odisea podía ser imaginada?
Esa pregunta me llevó a los micénicos y, eventualmente, a leer sobre uno de los acontecimientos que más me han fascinado últimamente: el final de la Edad del Bronce.
Y mientras más leía, más extrañamente familiar me parecía aquel mundo.
Porque hace más de tres mil años la humanidad ya había construido algo que, guardando las enormes distancias históricas, se parecía bastante a nuestra globalización.
Grandes potencias comerciaban entre ellas. Había rutas internacionales, diplomacia, especialización del trabajo y cadenas de suministro que recorrían enormes distancias.
Era un sistema extraordinariamente avanzado.
También era extraordinariamente frágil.
Y terminó colapsando.
No pude evitar pensar en nuestra propia época.
Vivimos en un mundo que también parece haber llevado su sistema económico hasta límites que hace algunas décadas habrían parecido absurdos: mercados conectados globalmente, cadenas de producción atravesando continentes, empresas más poderosas que algunos Estados y una búsqueda constante por producir más, más rápido y con menos personas.
El capitalismo tardío.
Y justo cuando este sistema parece alcanzar uno de sus puntos más extremos aparece una tecnología capaz de llevar su lógica todavía más lejos:
la Inteligencia Artificial.
A veces pienso que la IA tenía que nacer en este momento.
Casi como el máximo logro del capitalismo: una tecnología que promete reducir nuestra dependencia del trabajo humano y producir una cantidad desproporcionada de trabajo con cada vez menos manos.
Aunque inmediatamente aparece otra pregunta que me parece todavía más interesante:
¿La IA es realmente producto de este sistema o habría aparecido inevitablemente, tarde o temprano, como consecuencia natural de nuestro desarrollo tecnológico?
No tengo una respuesta definitiva.
Y antes de intentar responderla quiero contarte un poco sobre la Edad del Bronce.
Porque para entender por qué veo tantas similitudes entre aquel mundo y el nuestro, primero tenemos que entender qué construyeron aquellas civilizaciones…
y cómo algo que parecía tan poderoso terminó desapareciendo.
Un mundo conectado hace más de tres mil años
Cuando pensamos en la antigüedad solemos imaginar civilizaciones relativamente aisladas.
Egipcios por un lado. Griegos por otro. Pueblos de Mesopotamia viviendo sus propias historias.
La realidad durante la Edad del Bronce tardía era mucho más interesante.
Egipto, los hititas, los reinos micénicos, Asiria, Babilonia y otras potencias formaban parte de una enorme red de comercio y diplomacia.
Intercambiaban materias primas, objetos de lujo, conocimientos y mensajes diplomáticos. Los gobernantes negociaban entre ellos, establecían alianzas y se reconocían mutuamente como grandes reyes.
Era, con todas las precauciones que requiere utilizar una palabra moderna para describir el pasado, una especie de globalización antigua.
Y toda esa sofisticación dependía de muchas cosas.
Pero había una particularmente interesante:
el bronce.
El bronce permitió fabricar armas y herramientas extraordinarias para su época, pero tenía un problema fundamental.
Para producirlo necesitabas principalmente cobre y estaño.
Y esos materiales no necesariamente estaban donde los necesitabas.
El estaño, especialmente, debía recorrer enormes distancias antes de llegar a algunos de los grandes centros de producción.
Eso significaba que una espada de bronce no era solamente el trabajo de un herrero.
Detrás de ella existía una cadena invisible de mineros, comerciantes, barcos, caravanas, ciudades, rutas y acuerdos políticos.
Mientras aquella red funcionara, el sistema era extraordinario.
El problema comienza cuando una civilización se vuelve tan compleja que necesita que demasiadas cosas funcionen al mismo tiempo.
Porque alrededor del 1200 a. C., muchas dejaron de funcionar.
Y entonces ocurrió algo que todavía hoy seguimos intentando comprender.
El mundo de la Edad del Bronce comenzó a colapsar.
Y cuando digo colapsar, no estoy hablando simplemente de una crisis económica o de un cambio de gobierno.
Civilizaciones enteras desaparecieron.
Ciudades que habían existido durante siglos fueron destruidas o abandonadas. Rutas comerciales dejaron de funcionar. Sistemas de escritura desaparecieron de algunas regiones y con ellos perdimos una cantidad enorme de información sobre las personas que habían habitado ese mundo.
Algunos reinos simplemente dejaron de existir.
Otros sobrevivieron, pero nunca volvieron a ser lo que habían sido.
Egipto es quizá uno de los mejores ejemplos.
Los egipcios consiguieron sobrevivir al colapso y resistieron incluso los ataques de aquellos misteriosos grupos que hoy conocemos como los Pueblos del Mar. Pero sobrevivir no significa salir intacto. El poder egipcio comenzó a deteriorarse y aquel Egipto capaz de proyectar su influencia sobre enormes territorios nunca recuperaría completamente el esplendor que había tenido durante el Imperio Nuevo.
Otros tuvieron que transformarse.
Asiria atravesó su propio periodo de debilitamiento, pero siglos después resurgiría de una forma mucho más poderosa y agresiva hasta construir uno de los grandes imperios de la Edad del Hierro.
Y el mundo micénico, aquel mundo que eventualmente daría origen a las historias que encontramos en Homero, prácticamente desapareció.
Sus palacios fueron destruidos.
Su sistema político colapsó.
Su escritura, el Lineal B, dejó de utilizarse.
Tendrían que pasar siglos antes de que los pueblos griegos volvieran a desarrollar las estructuras que terminarían dando origen a la Grecia que todos conocemos.
Eso es algo que me parece fascinante sobre los grandes colapsos históricos.
No todos desaparecen.
Algunos mueren.
Algunos sobreviven disminuidos.
Y algunos consiguen transformarse en algo completamente diferente.
Pero casi nadie continúa exactamente como antes.
Los Pueblos del Mar
En medio de todo este caos aparecen unos personajes particularmente misteriosos.
Los egipcios nos dejaron registros de diferentes grupos que llegaron por tierra y por mar y que hoy agrupamos bajo un nombre bastante cinematográfico:
los Pueblos del Mar.
No sabemos exactamente quiénes eran.
Probablemente ni siquiera fueron un único pueblo.
Pudieron existir entre ellos invasores, mercenarios, migrantes, poblaciones desplazadas y personas que simplemente estaban intentando sobrevivir a un mundo que se estaba desmoronando.
Durante mucho tiempo fueron presentados casi como los villanos responsables de destruir la Edad del Bronce.
Hoy sabemos que la explicación probablemente es mucho más compleja.
Hubo guerras, rebeliones, problemas políticos, posibles sequías, movimientos de población y la ruptura de aquellas enormes redes comerciales de las que dependía el sistema.
Los Pueblos del Mar quizá no provocaron por sí mismos el colapso.
Aparecieron dentro de él.
Y precisamente por eso no puedo evitar pensar en nuestros propios Pueblos del Mar.
Los nuevos Pueblos del Mar llevan traje
Cada pocas semanas aparece una noticia parecida.
Una empresa despide trabajadores mientras anuncia enormes inversiones en Inteligencia Artificial.
Un CEO explica orgullosamente cuánto trabajo podrá automatizar.
Otro habla de equipos más pequeños y productivos.
Otro calcula cuántos puestos podrían desaparecer gracias a la IA.
Y detrás de cada anuncio aparece siempre la misma palabra:
eficiencia.
Producir más.
Más rápido.
Con menos personas.
No creo que los CEO sean responsables de todos los problemas de nuestro sistema, de la misma manera que sería absurdo responsabilizar exclusivamente a los Pueblos del Mar por el colapso de la Edad del Bronce.
Son, para mí, una representación de algo mucho más grande.
Son los Pueblos del Mar de nuestra historia.
Personas y organizaciones que aparecen en medio de un sistema que ya mostraba enormes fracturas y que descubrieron una herramienta extraordinariamente poderosa para aprovecharlas.
Porque aquí aparece la parte que más me preocupa de la revolución de la IA.
La Inteligencia Artificial tenía el potencial de convertirse en una de las mayores herramientas de liberación creadas por nuestra especie.
Una máquina capaz de multiplicar nuestras capacidades.
Imaginen lo que eso debería significar.
Si una persona puede producir en cuatro horas lo que antes producía en ocho, podríamos trabajar cuatro horas.
Si una empresa puede producir el doble utilizando las mismas personas, esas personas podrían vivir mejor.
Si automatizamos los trabajos repetitivos, peligrosos o intelectualmente agotadores, podríamos dedicar una parte mucho mayor de nuestra existencia a nuestras familias, al arte, a la ciencia, al conocimiento o simplemente a vivir.
Durante miles de años hemos inventado herramientas precisamente para eso:
hacer más sencillo el trabajo humano.
Pero algo extraño está ocurriendo.
En lugar de preguntarnos cuánto puede mejorar nuestra vida la Inteligencia Artificial, nos estamos preguntando:
¿cuántas personas podemos despedir gracias a ella?
Y esa diferencia dice muchísimo sobre nuestro sistema.
Porque actualmente la IA, más que proteger al trabajador, amenaza con volverlo todavía más vulnerable.
Si una persona utilizando IA puede realizar el trabajo que antes necesitaba tres, el beneficio de esa productividad no necesariamente termina repartido entre esas tres personas.
Puede terminar concentrado en quien posee la empresa, los modelos, los datos o el capital.
Dos personas pierden su empleo.
La tercera conserva el suyo, pero ahora debe producir tres veces más.
Y la empresa celebra un aumento de productividad.
No es un problema de la Inteligencia Artificial.
Es un problema de quién controla esa productividad y para qué decide utilizarla.
Por eso creo que la IA está exponiendo una contradicción que llevamos mucho tiempo evitando.
Construimos máquinas para liberarnos del trabajo y después construimos una sociedad en la que necesitamos trabajar para tener derecho a vivienda, alimentación, salud y prácticamente todo lo necesario para existir.
Entonces aparece una máquina capaz de realizar una parte de nuestro trabajo…
y en lugar de sentirnos liberados,
sentimos miedo.
Miedo de perder nuestro empleo.
Miedo de dejar de ser competitivos.
Miedo de que alguien aprenda a utilizar mejor estas herramientas y pueda reemplazarnos.
Miedo de convertirnos en el siguiente costo que una empresa descubra que puede eliminar.
Quizá ese sea uno de los síntomas más claros de que algo está mal.
Una tecnología que debería hacernos sentir más poderosos está consiguiendo que millones de personas se sientan más vulnerables.
Y aquí regreso a la Edad del Bronce.
Porque aquellas civilizaciones probablemente tampoco imaginaron que estaban viviendo el final de una era.
Para ellos simplemente había problemas.
Una guerra aquí.
Una ruta comercial que dejó de funcionar allá.
Una mala cosecha.
Migraciones.
Rebeliones.
Ciudades destruidas.
Hasta que suficientes problemas ocurrieron al mismo tiempo y el sistema que parecía eterno dejó de funcionar.
Nosotros tenemos desigualdad creciente, concentración de riqueza, crisis de vivienda, precarización laboral, instituciones cada vez menos capaces de responder a nuestros problemas y ahora una tecnología capaz de transformar radicalmente el valor del trabajo humano.
No sé si estamos frente a un colapso.
La historia nunca se repite de una manera tan sencilla.
Pero sí creo que estamos frente a una transformación.
Y si algo podemos aprender del final de la Edad del Bronce es que cuando una tecnología, una economía y una sociedad cambian al mismo tiempo, no todos llegan de la misma manera al mundo siguiente.
Algunos desaparecen.
Otros sobreviven debilitados.
Otros se transforman.
Y algunos descubren cómo utilizar las nuevas reglas para construir imperios.
La Edad del Bronce terminó.
Después llegó el hierro.
Y quizá esa sea la pregunta que realmente deberíamos hacernos mientras observamos nacer la era de la Inteligencia Artificial:
¿Estamos construyendo una tecnología que nos permitirá vivir mejor… o simplemente estamos fabricando las armas de los nuevos Pueblos del Mar?